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Hermes

El primer mensaje

MentiraLealtad

Hermes había nacido travieso y había robado el ganado de Apolo.

Esa era la historia oficial.

Hermes tenía cuatro años cuando Zeus le dio su primer trabajo.

Hermes era el hijo que Zeus nunca quería ver.

No porque fuera feo como Hefesto, o problemático como Ares. Porque le recordaba demasiado a sí mismo.

Las mismas mentiras fáciles. La misma sonrisa encantadora. La misma capacidad de hacer que la gente creyera cualquier cosa.

—Necesito que le lleves un mensaje a tu madre —le dijo Zeus una mañana.

Maya, su madre, vivía en una cueva en las montañas. Lejos del Olimpo. Lejos de Hera.

—¿Qué tipo de mensaje?

Zeus le entregó una pequeña daga envuelta en seda.

—Dile que es hora de que descanse —le dijo—. Que ha sido una buena madre, pero que ahora ya no la necesito.

Hermes miró el arma. Era hermosa. Con gemas incrustadas.

—¿Para qué es esto?

—Tu madre está enferma —mintió Zeus—. Muy enferma. Sufre mucho. Esto... esto la ayudará a no sufrir más.

Hermes tenía cuatro años. Pero ya sabía reconocer las mentiras. Porque las había aprendido de Zeus.

—¿Y si no quiero?

Zeus se agachó hasta su altura.

—Entonces tendrás que ver cómo sufre durante años. Hasta que muera lentamente, con dolor. ¿Eso es lo que quieres para tu mamá?

Hermes voló hasta la cueva.

Maya lo recibió con alegría. Como siempre.

—¿Qué te trae por aquí, pequeño?

Hermes le entregó la daga.

—Papá dice que es hora de que descanses.

Maya miró el arma. Entendió inmediatamente.

—¿Y tú qué piensas? —le preguntó.

—Pienso que papá miente —dijo Hermes—. Pero también pienso que si no lo hago yo, mandará a otro.

Maya sonrió tristemente.

—Eres muy inteligente. Demasiado inteligente para tu edad.

—¿Te duele? —preguntó Hermes.

—Vivir me duele más —respondió Maya—. Saber que mi hijo tendrá que cargar con esto... eso me duele más.

Maya se clavó la daga ella misma.

Para que Hermes no tuviera que hacerlo.

Cuando Zeus le preguntó cómo había ido, Hermes mintió:

—Se puso muy contenta con el regalo. Dijo que era justo lo que necesitaba.

Zeus sonrió, satisfecho.

Hermes había aprendido dos cosas ese día:

Primera: Los mensajes de Zeus siempre eran sentencias de muerte.

Segunda: Era mejor ser el mensajero que el destinatario.

A partir de entonces, Hermes se convirtió en el mensajero perfecto.

Rápido. Eficiente. Sin preguntas.

Porque había entendido que los dioses no mataban directamente.

Enviaban a otros a hacerlo.

Y él prefería ser el enviado que el receptor.