Por qué un abuelo construye una web sobre cuentos griegos para su nieto de dos años.
Sin método. Sin libro. Solo un carrito, el mar, y aprender a esperar.
No recuerdo el día exacto. Pero ese día fue el día que decidí dedicarle todo el tiempo posible a mi nieto Leo.
Mi hijo trabajaba. Mi nuera empezaba el trabajo después de la baja de maternidad. Yo trabajo por cuenta propia. Una vez que ella se fue, sin pensarlo lo monté en el cochecito y me lancé al paseo marítimo.
Leo tenía nueve meses.
Por el camino iba cantándole:
Cuando llegamos al paseo marítimo y vimos el mar, yo le susurraba:
Cada vez que él mostraba interés por algo, yo paraba el carrito y lo ponía en la dirección de su mirada. Y esperaba. Esperaba hasta que él ya parecía que tenía bastante con lo que estuviera pensando.
Ese día fue el molde de los días que siguieron.
Desde entonces, mi hijo nos llama los hermanos siameses.
Cada vez que me asignaban a Leo por necesidades logísticas, yo me lanzaba al paseo marítimo.
Sentía que debía hablarle. Hablarle para que él pudiese hablar. Y si él hablaba, todo lo demás sería más fácil.
Por eso le hablaba. Le hablaba, pero cantándole.
Cada vez que él demostraba interés por algo, paraba y le hablaba. Luego seguía cantándole. Era muy pequeño y tenía sus horas de sueño.
Y se quedaba dormido. Le echaba una gasa a la capota para que el sol no le diera en la cara y pudiera escuchar el rumor del mar.
Porque me iba al espigón para que él viese el mar, viese los barcos, las olas.
Esos eran mis días con él.
«¡No quiero ir a la escuela!»
Ese era el mantra. Desde antes de salir de casa. Antes incluso de cambiarle el pañal y vestirlo, siempre me decía, con lágrimas en los ojos: «¡No quiero ir a la escuela!»
Yo aplicaba el viejo mantra de decirle lo interesante que es ir a la escuela. De estar con los amigos. De jugar en el patio del cole.
No funcionaba. Al entrar ya lloraba como una magdalena. Eso sí, al poco me contaban las señoritas que dejaba de llorar y se divertía e integraba sin problemas. Y los días que me tocaba recogerlo, también lloraba al salir.
Un día le pregunté:
Por eso, mientras empujaba el carrito por la pendiente de la calle, cambié mi respuesta.
No lloró cuando lo dejé en el cole. Entró sonriendo.
Días después, volvió el mantra. El no querer ir al cole lo hace principalmente conmigo. A veces pienso que él sopesa entre ir al cole y estar conmigo, y determina que conmigo se lo pasa mejor.
Después de ir al baño tres veces — maldito diurético — miré la hora en el móvil: las 5:45. A las 6:45 tenía que estar en casa de mi nieto porque estaba con fiebre y tos.
La madre me estaba esperando para ir a trabajar. Ella se fue y yo pasé a la habitación donde Leo descansaba en la cuna. Me eché en la cama sin hacer ruido.
Leo tosió. Yo guardé silencio. Leo tosió más. Yo guardé silencio. Y cuando tosió siete veces, abrió los ojos y me vio mirándole desde la cuna.
Pero la tos no le dejaba. A las 7:30 decidí llevarlo a mi casa.
Mentí como un bellaco. Sí tenía que ir a trabajar.
En mi casa fue a por sus juguetes. Jugamos con el tirachinas con bolas de tela. Vi un folleto del Lidl y estuvimos viéndolo — él señalando los alimentos que le preguntaba yo: ¿dónde está el atún? ¿dónde está el pez? ¿dónde está la leche? Y él lo iba repitiendo y señalando.
También jugamos con la pizarra mágica.
A las 11:30 fuimos al pediatra. Luego al parque. Luego a Tiger, donde jugamos con una espada, una guitarra, un lápiz con bola de nieve, un cerdito que chillaba al apretarlo.
Cuando subió al coche para ir al Lidl, en su silla dijo:
La abuela pensaba que era mejor que no durmiera — ya eran las 13:45 y en un poco comía y tomaba la medicina. Yo vi que era superior a sí mismo. Estaba que no podía tener los ojos abiertos.
Despertó a las 16:00. Sueño reparador.
Mi formación es técnica. Mi motivación es otra: ¿qué persona no quiere que sus hijos y nietos sean mejores que ellos?
A mi edad, los logros materiales han dejado de ser los más importantes. Lo que queda son otras cosas. Cosas que no se miden.
Doy mucho valor a saber contar relatos. Nuestras vidas son todo relatos. Saber contar una historia. Saber cuál es una buena historia. Elegir qué historia creer. Construir la historia de lo que quieres ser. Eso es un bien inapreciable.
No quiero que mi nieto sea como yo. Quiero que mi nieto sea él mismo. Por eso le doy el espacio. Por eso me pongo a su nivel. Cuando hay momentos de peligro o que escapan de su comprensión, soy el adulto y actúo en consecuencia. Pero esos momentos son los menos.
El niño va a tener fases. Y lo que hagas en cada fase va a servir para afrontar la siguiente. La más importante, para mí, es la pubertad — cuando buscan a sus iguales y se alejan de los adultos. Si no has estado antes, si no has aportado momentos, puede que esa fase sea la más difícil. Quizás intratable.
Yo quiero ser su igual cuando llegue ese momento — pero con experiencia. Ya encontraré la forma de compartir esa experiencia sin imponérsela, sin ser el maestro.
No sabemos qué momento determina lo que ocurrirá en su futuro. Quizás no hay un momento. Quizás es la tendencia, la calidad de los momentos acumulados.
Por eso los publico aquí. Y por eso me alegra tanto que tú también compartas los tuyos.
Otros padres y abuelos que también están.
Un momento con tu hijo, nieto, sobrino. Sin estructura. Como te salga.