Nadie abrazaba a Circe.
Tenía el pelo revuelto como mar alborotado y los ojos tristes de quien ha escuchado demasiado.
Vivía en el palacio solar de su padre, pero la luz no era para ella.
Los dioses hablaban.
Ella escuchaba.
Los dioses ordenaban.
Ella obedecía.
Hasta que un día, encontró un lagarto herido entre las raíces de una mandrágora.
Lo acarició. Le cantó. Lo curó.
Y sin querer, lo convirtió en pájaro.
Se asustó. Se rió. Se asombró.
Y luego lloró.
No porque lo había cambiado.
Sino porque ya no lo reconocía.
Desde entonces, guardó en un cuenco todo lo que no podía decir.
Lo mezcló con flores, lágrimas y palabras susurradas.
Y un día, al ver a un dios jactarse de su poder,
Circe le ofreció una copa.
Él la bebió.
Y al instante, se convirtió en sí mismo.
En lo que era por dentro.
Un jabalí con corona.
Ese fue su primer hechizo.
Y su último intento de encajar.