La niña veía cosas que no estaban ahí. O que sí estaban, pero nadie más las veía.
Hécate tenía cuatro años cuando su madre la encontró hablando sola en el jardín.
—¿Con quién hablas, niña?
—Con la señora que está ahí.
Su madre miró. No había nadie.
—No hay ninguna señora.
Hécate frunció el ceño. —Claro que sí. Está justo ahí. Dice que está muerta pero que no se ha ido.
Su madre se asustó. La llevó con el sacerdote. Con el médico. Con la abuela sabia.
Todos dijeron lo mismo: "Es su imaginación."
Pero Hécate sabía que no era imaginación. Veía a los muertos porque no habían terminado de irse. Veía a los que no habían nacido porque ya estaban llegando. Veía el momento entre el día y la noche porque ahí vivían las cosas que no encajaban en ningún sitio.
Un día, le preguntó a la señora muerta: —¿Por qué los demás no te ven?
—Porque tienen miedo de lo que no entienden.
—¿Y yo?
—Tú no tienes miedo. Tú eres un puente.
Hécate no entendió qué significaba eso hasta años después.
Cuando se dio cuenta de que siempre había vivido entre mundos.
Entre la luz y la oscuridad. Entre lo vivo y lo muerto. Entre lo que es y lo que podría ser.
Y que ser puente significa que nunca perteneces completamente a ningún lado.
Pero también significa que puedes ayudar a otros a cruzar.