El niño no quería oro. Quería que su padre lo abrazara.
Midas tenía seis años cuando entendió que su padre solo lo tocaba cuando había hecho algo útil. Una buena nota. Un comportamiento perfecto. Una sonrisa en el momento adecuado.
El resto del tiempo, su padre estaba ocupado. Siempre ocupado. Contando monedas, firmando papeles, convirtiendo todo en números.
Un día, Midas encontró una moneda dorada en el jardín. Se la llevó a su padre, esperando una sonrisa, un abrazo, algo.
Su padre la miró y dijo: —Si encontraras más, serías realmente valioso.
Valioso.
Esa noche, Midas lloró abrazando la moneda. Deseando ser de oro para que su padre no pudiera ignorarlo.
Al día siguiente, salió al jardín y tocó una flor. Deseó con todas sus fuerzas que se volviera dorada.
No pasó nada.
Pero algo se rompió dentro de él. Entendió que estaba compitiendo con objetos por el amor de su padre.
Y que probablemente los objetos estaban ganando.
Años después, cuando un dios le concedió el toque dorado, Midas no pensó en riqueza.
Pensó: "Por fin seré lo suficientemente valioso."
Hasta que abrazó a su hija y la convirtió en estatua.
Entonces entendió que había estado buscando amor en el lugar equivocado toda su vida.