Némesis nació viendo cómo su madre le quitaba comida al hermano para dársela al padre.
No por hambre, sino por deber.
Nació sabiendo que unos reciben más que otros sin merecerlo.
Que hay dioses que se pasean con tronos prestados,
y mortales que se arrastran con dignidad rota.
De niña, la mandaron callar cuando preguntó:
—¿Por qué él y no ella?
—¿Por qué ese y no este?
Le dijeron que eso no se pregunta.
Le dijeron que el mundo es así.
Así que Némesis dejó de preguntar.
Y empezó a medir.
Medía favores, silencios, abusos, impunidades.
Y un día, sin avisar, devolvió.
No por crueldad.
No por rencor.
Por simetría.
Cuando vio a un niño golpear a otro por diversión,
no gritó.
Le dio al primero exactamente lo que el segundo había recibido.
No más.
No menos.
Y así nació la que algunos llaman venganza.
Pero ella solo responde:
—No soy castigo. Soy espejo.
Y tú te diste la bofetada solo.